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¿FMI o el oráculo de Delfos?

19 octubre, 2010

Dominique Strauss-KahnEl oráculo de Delfos era un enorme recinto dedicado al culto del Dios Apolo, al que los griegos de la época acudían a plantear sus grandes cuestiones. Esta costumbre de ir a buscar respuestas no ha desaparecido con el tiempo, aunque ahora el oráculo lleva chaqueta y corbata y no necesita de cuestiones. Él solito se pronuncia.

A principios de este mes de octubre, el inefable Fondo Monetario Internacional anunció en el informe “Perspectivas de la Economía Mundial” sus previsiones para los próximos años. Por lo que a nosotros nos toca, el palo sigue siendo considerable: una tasa de crecimiento en 2011 del 0,7% que no servirá para el deseado crecimiento del empleo. La tasa de paro, según estas proyecciones, se situaría en torno al 19,3%. Nuestros compañeros de viaje, en puestos de farolillo rojo de la eurozona, son las consabidas Grecia e Irlanda.

Cuando leímos este despiadado vaticinio no pudimos por menos que preguntarnos quiénes son estos tipos del FMI que se atreven a contradecir las fastuosas e infalibles predicciones de nuestro gobierno, que sitúan el crecimiento de nuestra economía en torno al 1,3%, cifra que se ha trasladado a los Presupuestos Generales del Estado para 2011. Estos maquiavélicos señores, dirigidos por Dominique Strauss-Kahn, llevan unos cuantos años destrozando las ilusiones de todos aquellos gobiernos que tratan de vender humo, cuando no hay ni cenizas. El Fondo Monetario Internacional, según informan en su sitio institucional, “busca fomentar la cooperación monetaria internacional, afianzar la estabilidad financiera, facilitar el comercio internacional, promover un empleo elevado y un crecimiento económico sostenible y reducir la pobreza en el mundo entero”.

Para ello, entre otras tareas, el FMI actúa como un “policía” de la economía mundial, retratando anualmente, a través del mencionado informe de Perspectivas de la Economía Mundial y otro relativo a los mercados financieros, la previsible marcha de las grandes magnitudes económicas y financieras en los próximos años. Ante necesidades más complejas de ayuda, el Fondo puede conceder créditos a sus miembros, supeditados siempre a la adopción de políticas económicas, generalmente restrictivas (reducción del déficit y del gasto público). En ocasiones, el FMI llega a implicarse en el diseño de estas políticas de obligado cumplimiento, si se desea obtener los recursos.

Lo malo del FMI es que casi nunca se equivoca. Sin ir más lejos, he aquí las premonitorias palabras de su presidente por aquel entonces, Rodrigo Rato:

“Aunque los hechos recientes pusieron de relieve algunos de los riesgos que entraña la innovación financiera, no debemos perder de vista los aspectos positivos. Los mercados desempeñan una función crítica en la movilización del ahorro y su asignación a la inversión productiva, y las innovaciones a menudo contribuyen a su crecimiento rápido y sostenido y al bienestar tanto en las economías avanzadas como en los mercados emergentes. Gracias a la innovación en el sector de los productos de crédito estructurados, los operadores han podido diversificar mejor el riesgo y abaratar el crédito internacional, proporcionando un poderoso estímulo al crecimiento mundial” (publicado en ABC, 3 de septiembre de 2007).

¡Ahí queda eso! ¡Clarividencia pura!

De todas formas, quien esté libre de pecado que tire la primera piedra. Ni el FMI, ni el Banco Mundial, ni nuestro Gobierno, ni la oposición, ni siquiera Apolo, parecen ser capaces de conocer cuál va a ser ese día en el que todo volverá a ser como antes, y los “brotes verdes” se convertirán en ramas sólidas a las que poder agarrarse. Pero no se dejen engañar. Los economistas, en general, sólo sabemos explicar por qué pasó lo que pasó. Las predicciones mejor se las dejamos a los dioses.

Autores: Juan José Nájera y Antonio Montero.

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