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Entrevista con Marc Vidal, economista y especialista en Transformación Digital e Industria 4.0

11 junio, 2020

En las últimas semanas, los indicadores económicos (PIB, Euribor, prima de riesgo, desempleo…) han hecho saltar algunas alarmas. Y venimos de un enero marcado por la desaceleración. De todo ello y la de situación post Covid-19 hablamos con Marc Vidal, economista y especialista en Transformación Digital e Industria 4.0.

Usted hace referencia a un triple shock: de oferta, de demanda y bursátil.

Como indicas, la situación previa a la actual no era muy esperanzadora. Acabamos de vivir en la mayoría de países europeos un cierre de fronteras y de decretos de alarma o de confinamiento. La consecuencia inmediata fue la paralización de los flujos económicos y explotó frente a nuestras narices una situación económica inédita.

Una crisis de triple ‘shock’ económico y que tardará todavía unos meses en materializarse con toda su envergadura y violencia. Y hablo de un triple shock, por lo menos en su origen, porque estamos ante un ‘shock’ de oferta, sucedido por otro ‘shock’ de demanda y, finalmente, un ‘shock’ en el valor de los activos. El primero se produjo cuando se decretó el cierre del flujo económico de un modo u otro. Se obligó a cerrar tiendas, comercios, bares y restaurantes, a cancelar viajes y a cerrar el espacio aéreo. El flujo económico quedó quebrado y, en una fase posterior, se canceló cualquier actividad económica no esencial.

El que me preocupa aun más es el que podría denominarse cuarto shock, el laboral.

¿Considera que el rescate de España es un hecho? ¿Con qué condiciones?

La financiación de todo el escudo social dependerá de la negociación final con Europa y, por supuesto, aceptando que no podremos tenerlo todo sin dar nada a cambio. No puedes esperar que Europa acepte darte ayuda a cambio de no hacer lo que te piden que hagas.

Si esto lleva a recortes, subida de impuestos y adelgazamiento de la administración, pues que así sea, sobre todo lo último. Y esto nos hace pensar que fue una lástima haber desaprovechado las vacas gordas acumulando ladrillos en cada esquina como si no hubiera un mañana, las flacas estimulando el empleo precario y las vacas, ni gordas ni flacas, en no bajar impuestos que hubieran dinamizado una economía que ahora se enfrenta a un rescate inevitable.

Además, lo que caracteriza a nuestro país es la dificultad de crear empleo con crecimientos inferiores al 2,1%, por lo que somos una máquina de crear paro cuando la cosa no va bien. De hecho, no hemos creado suficiente empleo como para afrontar ningún reto de este calibre.

En la crisis de 2008 España tenía 1,8 millones parados, ahora partimos con 3,6 millones. El doble antes de empezar a contar la hecatombe. Un país en el que la inversión en modernizar la economía ha vuelto a ser nula durante estos años.

Esta crisis traerá consigo un cambio en los modelos productivos y en las cadenas de valor, y estamos mucho peor preparados para la disrupción tecnológica que antes. La inversión en modernizar la economía se ha ido reduciendo y comparar es feo, pero, en 2018 España invirtió en Industria 4.0 140 millones mientras que Francia volcaba 24.000 millones en ese tipo de sector de futuro.

Nos van a rescatar, pero no lo llamarán rescate. Es inevitable. La dependencia de una economía cíclica, con una estructura del PIB muy débil dificultará el arranque de los flujos económicos dependientes para salir del -12% que deduzco. España está mucho peor que en 2008 y parece que nadie quiere reconocerlo o se les ha nublado la memoria.

Antes del Covid-19, hablábamos de la transformación digital como un reto necesario para cualquier organización empresarial pero ahora, y ante este nuevo escenario global, ¿qué deberían hacer las empresas? ¿En qué niveles de transformación digital está el tejido empresarial en nuestro país?

Es algo con lo que trabajo cada día y que se está acelerando estos días. En mis cursos, en conferencias que ahora son virtuales o en durante el trabajo de consultoría estratégica con empresas, explico que estamos ante la última oportunidad. Ante una crisis bíblica, pero también ante una gran oportunidad. Por mucho que lo repitan, los territorios desconocidos no son tan desconocidos.

El futuro inmediato será un escenario complejo pero no inédito. Sabemos que, ante cualquier fisura en los flujos económicos, se debe proteger a las personas más vulnerables pero sin destruir los modelos productivos.

Sabemos, también, que en el período de crecimiento tras el desastre, se abre la mayor oportunidad de modernización económica posible. Ahora es igual. Momento de debatir sobre la protección social con modelos como la renta básica universal o para activar, desde lo público y lo privado, la transformación digital y la automatización del modelo de crecimiento de un país.

Si nos centramos en las pymes, ¿cómo conseguimos que esta crisis sea una oportunidad? ¿Es el momento de la eficiencia, la tecnología y el valor añadido?

En mi último libro, ‘La Era de la Humanidad’ lo sentencio: el futuro será digital. De hecho, nadie ha hecho más por esa evidencia que la actual situación sanitaria. O te digitalizas o te digitalizarán. No va a haber otra opción. Por eso es tan importante que si abandonas el análisis de tu propio negocio, pensando en que los de ‘arriba’ te ayudarán o dirán qué tienes que hacer, pierdas un tiempo precioso.

Tienes que tomar decisiones, poner en marcha una hoja de ruta que permita liquidar lo que ya ha quedado viejo. La crisis de tu empresa podría depender de que no dejes morir lo antiguo para que nazca algo nuevo. Esto sirve para una pyme y para un país. No esperes que las directrices gubernamentales te digan lo que tienes que hacer. Las decisiones debes tomarlas tú. Lo peor que te pueda pasar es que tu sector las tome por ti y no puedas ser partícipe.

Debes darte prisa porque el retraso en tomar decisiones, por muy buenas que sean, las puede convertir en malas decisiones por el simple hecho de tomarlas tarde. No te quedes esperando hasta el final. No pretendas ser un héroe. Esta es una gran oportunidad, vivámosla así.

Y para acabar, ¿cuándo ha sido la última vez que ha evocado “Una hormiga en París”?

Casi cada día. Creo que lo que viví en aquella aventura hace tantos años, cuando sólo tenía 17, me marcó para siempre. Me hizo entender que es bueno perseguir aquellas cosas que consideras esenciales. Que te vas a equivocar, y mucho, y que cada error tiene consecuencias. Aunque, sin embargo, no es que aprendas de ellos, ni siquiera voy a decir que sirvan para algo en concreto, los errores en definitiva son parte de todo, una parte que hace daño.

Los errores son piezas del puzle. ¿Quién quiere un puzle monocromo? Yo por lo menos no. Cada vez que inicio algo, en un lugar distinto, con gente distinta, me siento como aquel chaval llegando a París sin un céntimo y un montón de sueños en la mochila. Lo pasé muy bien y muy mal. Creo que como la vida. Aquellos meses fueron una vida comprimida, con la inconsciencia de un joven irreverente.

Ahora, cuando vivo algo que lo evoca sé que habrá cosas buenas y malas, pero que todas te conforman como una persona más o menos compleja, más o menos rica. ¿Qué hay mejor en la vida que llegar a un lugar gigantesco y desconocido? ¿Qué mejor que descubrirlo por ti solo? ¿Qué mejor que saludar y hablar con gente distinta y desconocida? ¿Qué hay mejor que sentarse en una terraza pedirte un ‘café au lait’ y observar lo espectacular que es la vida cotidiana en un lugar que ves por primera vez? Lo de París, se quedó para siempre dentro. Eso ya nadie me lo quita.

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